Unas placas fotovoltaicas instaladas en la cubierta de un edificio en Sevilla, Madrid o Barcelona tardarán entre 21 meses y poco más de dos años en generar tanta energía como la que se ha necesitado en su producción. Resulta bastante tiempo, pero es mucho menos de los 25-30 años que el fabricante garantiza que esos paneles seguirán produciendo electricidad de forma limpia a partir de la simple luz del Sol. Estas son estimaciones de la industria fotovoltaica, que asegura que el mito que circula por Internet de que estas instalaciones no compensan todo lo que se contaminan durante su fabricación viene de las primeras placas fotovoltaicas de los años 50, cuando realmente se gastaba más energía en producirlas que la que luego se sacaba con ellas(1). Sin embargo, esta tecnología ha avanzado mucho desde entonces.
Si se cumplen los planes de la empresa valenciana Siliken, este año 2010 comenzará a funcionar en Casas Ibáñez (Albacete) la primera fábrica de silicio para aplicaciones solares y electrónicas del país y entonces se alcanzará un nuevo hito en este sector: se podría cerrar todo el proceso de producción de una placa fotovoltaica en España, desde las minas de cuarzo donde extraer la principal materia prima hasta el montaje final de los paneles.
Hoy en día, esto no es posible todavía. Y eso que la compañía española Ferroatlántica es el segundo fabricante del mundo de silicio metalúrgico (Si), con grandes minas de cuarzo (SiO2) en Galicia, así como Venezuela y Suráfrica. “En cualquier puñado de arena tienes sílice, pero para conseguir la mayor pureza posible de silicio es mejor utilizar directamente cuarzo”, explica Antonio Navarro, director adjunto a la presidencia de Siliken. El silicio metalúrgico que se emplea para aleaciones de aluminio o siliconas tiene una pureza del 98-99%, pero para las aplicaciones solares (el silicio de grado solar) se requiere una ultrapureza del 99,9999999% (nueve nueves). La fábrica de Casas Ibáñez está ya construida y realiza sus últimos ajustes para, a partir de silicio metalúrgico como el de Ferroatlántica, producir silicio con una pureza aún mayor del 99,999999999% (once nueves), la necesaria para poder venderlo también a la industria electrónica para productos informáticos. Por su parte, la propia Ferroatlántica espera fabricar también un silicio para placas solares con un sistema metalúrgico más barato, aunque con algún nueve menos. No hay duda de que existe un gran interés por llegar a producir silicio de esta pureza en España, y no es por los microchips, sino por las placas fotovoltaicas.
Hasta que eso ocurra, la empresa Silicio Solar tendrá que seguir comprando el silicio de grado solar (polisilicio) en Japón y EEUU. Junto a DC Wafers, son las dos compañías españolas que realizan el siguiente paso de este largo proceso: transformar este material de aspecto parecido al carbón, pero de color plateado en lugar de negro e impacto muy diferente, en lingotes de silicio. Luego quedará el corte de lingotes en obleas, la fabricación de las células solares y por fin la producción de las placas fotovoltaicas. Un largo viaje en el que han podido intervenir hasta cinco empresas diferentes. “El impacto del transporte es pequeño, pues una oblea multicristalina es un cuadrado de 15,6 centímetros por cada lado y sólo 200 micras de espesor, lo que significa que un taco de mil obleas son 20 centímetros”, comenta Carlos Relancio, vicepresidente de Silicio Solar, “caben muchas en un camión y eso son millones de euros”.
De acuerdo a la Asociación de la Industria Fotovoltaica (ASIF), que después del desorbitante crecimiento solar en España y su posterior caída, lucha ahora para que la esperada bajada de la prima para este tipo de energía que fije el Gobierno no sea de carácter retroactivo, la fabricación de las llamadas obleas son responsables de entre el 60 y el 80% de la energía consumida en el ciclo de producción. La emisión de CO2 y contaminantes a la atmósfera dependerá del tipo de energía utilizada (siendo menores cuanto más renovables como la solar hayan sido utilizadas). Además, en algunos puntos del proceso se deben tomarse precauciones para evitar afecciones a la salud de los trabajadores.
El resultado son unos paneles capaces de generar electricidad sin generar ningún tipo de emisión o residuo, a partir de los rayos del Sol. Pueden haber sido fabricados aquí en España o en países como China (en 2008 fue mucho mayor la importación y en 2009 la exportación). Como precisa el informe “Compared assessment of selected environmental indicators of photovoltaic electricity in OECD cities” (PDF), promovido por varias organizaciones fotovoltaicas internacionales, el cuánto tarden en compensar la energía (y emisiones de CO2) necesaria para su fabricación dependerá de dónde se coloquen. Si es en una cubierta de Sevilla serán unos 21 meses, pero si es más al norte, en Bruselas, Dublín o Londres, deberán pasar unos tres años. Si se considera que unas placas van a durar unos 30 años, este estudio calcula que una instalación en Sevilla producirá 16 veces la energía gastada en su producción, en Madrid 15 veces y en Barcelona 13 veces. Aunque ASIF asegura que este estudio de referencia se ha realizado con datos de 2006 y cada año que pasa las placas van mejorando su eficiencia.
Claro que para completar el ciclo de vida de estos paneles habría que repasar también qué pasa cuando se convierten en residuos. Hasta ahora, son pocas las experiencias que se tienen, pero a diferencia de todas las otras tecnologías energéticas, la fotovoltaica puede cerrar todo el círculo y volver de nuevo al principio al llegar al final de su vida útil. “Una placa fotovoltaica no está clasificada como residuo peligroso, ni siquiera la de telurio de cadmio, pues el porcentaje de sustancias peligrosas está por debajo de lo regulado por la UE e incluso se está trabajando en la eliminación del plomo de las soldaduras”, precisa desde Bruselas, Virginia Gómez, directora de operaciones y científica de PV Cycle, la asociación sin ánimo de lucro creada en 2007 por los fabricantes fotovoltaicos para poner a punto el sistema de recogida y reciclaje de paneles antiguos en Europa. “Se estima que en 2010 se producirán 7.000 toneladas de residuos de placas fotovoltaicas en los países europeos, pero no será hasta 2020 cuando empiece a aparecer una cantidad verdaderamente grande”.
Una de las instalaciones ya desmontadas para su modernización fue la de la isla de Pellworm, la primera central fotovoltaica construida en Alemania en 1983. Este caso fue particular porque se reutilizaron directamente las células antiguas para fabricar unos nuevos paneles. Según los resultados de la experiencia, la eficiencia conseguida para los nuevos módulos (134 Wp/m2) fue mucho mayor que la de los antiguos (80 Wp/m2), pero menor que unos que salieran por primera vez de fábrica (142 Wp/m2) en el año 2006. Con todo, estos nuevos paneles a partir de células reutilizadas compensarían la energía utilizada en su fabricación en dos años, frente a los siete que tuvo que pasar en su primera vida.
Otra experiencia interesante es la del reciclaje de los paneles de la instalación más antigua de Bélgica, montada en Chevetogne en 1983 y desmontada en 2009. Aquí las placas viejas pasaron por un proceso térmico para separar las células, el vidrio, el aluminio y el cobre. Además, se realizó el análisis de ciclo de vida de todo el proceso para estudiar sus impactos ambientales. De acuerdo a los resultados, el impacto causado por el transporte y el reciclaje fue similar a los beneficios de la recuperación del material en tres categorías de impacto (agotamiento de recursos abióticos, cambio climático y reducción de la capa de ozono), pero muy inferior a otros cuatro (toxicidad en humanos, oxidación fotoquímica, acidificación y eutroficación). De los paneles se pudo reciclar un 72,85% del silicio, con una pureza entre 99,995 y 99,9999). “La energía que se necesita para reciclar es menor que para fabricar un panel nuevo y se puede recuperar el 85% de los materiales”, destaca la directora científica, que precisa que ya tienen una planta de reciclaje en operación en Alemania y otra proyectada en España.
Via El País. EcoLab. Clemente Álvarez
Lo que contamina una placa fotovoltaica
sábado 31 de julio de 2010Publicado por Manu 0 comentarios Enlaces a esta entrada
Etiquetas: ahorro energía, contaminación, energías
La caja de frutas reutilizable
Una caja de plástico (de polietileno de alta densidad o de polipropileno) puede servir para almacenar cosas en casa, para sentarse encima si se le da la vuelta, para colocar libros si se pone en vertical… O incluso para transportar fruta o verdura desde el campo hasta las tiendas.
Reutilizar los objetos para evitar tener que fabricar otros nuevos constituye una de las reglas de oro del ecologismo, que defiende esta opción antes que el reciclaje. Esto parece coherente, sobre todo, si se trata del tipo de reciclaje en el que un material no se utiliza para fabricar otro igual, sino para transformarse en otro muy distinto que al final de su vida útil ya no se podrá volver a reciclar (como el textil fabricado con botellas de PET). Sin embargo, la reutilización no tiene por qué ser siempre la mejor alternativa. Veámoslo con un envase muy común: la misma caja de frutas.
¿Cuál es la opción más ambiental para transportar productos hortofrutícolas: usar cajas de plástico reutilizables o de cartón de un solo uso? Pues, depende. Un trabajo de investigación de la Universidad del Estado de Michigan (EE UU) comparó estos dos tipos de envases para cargamentos de diez frutas u hortalizas distintas en el mercado norteamericano y concluyó que los de plástico reutilizables requerían un 39% menos de energía, producían un 95% menos de residuos y generaban un 29% menos de emisiones de gases de efecto invernadero. Sin embargo, los resultados fueron totalmente distintos en un estudio que realizaron hace unos años la Universidad Politécnica de Valencia (UPV) y el Instituto Tecnológico del Embalaje, Transporte y Logística (ITENE) para el envío de tomates en camiones refrigerados desde Almería a Hamburgo (Alemania).
Lo habitual cuando se mandan frutas u hortalizas fuera de España es que vayan en "envase perdido" que no va a volver. Ahora bien, los investigadores quisieron comparar los efectos ambientales de enviar esos tomates en cajas de cartón ondulado de un solo uso o de plástico plegables (que se pliegan una vez vacías). En este estudio, las cajas de cartón eran fabricadas nuevas para cada viaje y luego recicladas en Alemania para volver a producir cartón, mientras que las de plástico eran transportadas de vuelta a España para reutilizarlas de 5 a 100 veces. La conclusión principal fue que el impacto ambiental del envase de cartón ondulado de un solo uso era menor que el de plástico reutilizable en seis de las diez categorías analizadas (entre ellas, la del cambio climático), incluso considerando la hipótesis de las 100 reutilizaciones de las cajas de plástico.
En cada uno de estos estudios los resultados fueron completamente distintos. De esto se pueden deducir dos cosas. Primera: las conclusiones de los trabajos basados en el Análisis de Ciclo de Vida (ACV) dependen mucho de dónde, cómo y quiénes lo hagan. Y segundo: las cajas de plástico reutilizables o las de un solo uso de cartón no son mejores o peores por sí mismas, sino que resulta también clave lo qué se haga con ellas. ¿Qué es lo que determina que sea preferible un sistema de envases reutilizables o de un solo uso?
Como explica Mercedes Hortal, responsable del Departamento de Sostenibilidad de ITENE (un centro tecnológico de Valencia en el que participan numerosas empresas del sector), el que la balanza se incline hacia un lado u otro depende de diversos factores, siendo el principal la distancia de los desplazamientos. El utilizar envases reutilizables para enviar un producto a 2.457 kilómetros, como los tomates a Alemania, aumenta de forma considerable el impacto del transporte, pues las cajas reutilizables suelen ser más pesadas y voluminosas, además de tener que traerlas de vuelta (lo que supone un mayor consumo de carburante aunque se aproveche la vuelta de camiones vacíos).
Lo cierto es que el ejemplo del tomate tampoco ha sido escogido al azar, pues se trata de la hortaliza que más se exporta desde España, por delante de la lechuga, el pepino o el pimiento. Aunque, los resultados serán muy diferentes en otros escenarios en los que los desplazamientos sean más cortos.
Otro tipo de envases en el que existe mucha controversia es el de las bebidas y los refrescos. Hoy en día, sólo se reutilizan ya en España botellas en el llamado canal Horeca, que incluye unos 300.050 puntos de venta de hostelería, 243.000 bares, 82.000 restaurantes o 15.200 cafeterías. A diferencia de otros países europeos, aquellos otros envases comprados en el supermercado no pueden devolverse como antaño para que sean reutilizados y deben tirarse al cubo amarillo para enviarlos a una planta de reciclaje. ¿Es mejor una botella retornable que otra de un solo uso que sea triturada y fundida para crear una nueva? Pues, como incide Hortal, la respuesta vuelve a depender mucho de los sistemas de recogida y del número de kilómetros que tengan que realizar los camiones desde los puntos de consumo hasta las plantas embotelladoras de cada marca. “No hay verdades absolutas, cada caso es distinto”, comenta.
En esta comparativa también se debe tener en cuenta que el envase reutilizable debe ser fabricado para aguantar mucho más que uno de un solo uso. Esto significa a veces recurrir a materiales con un mayor impacto ambiental, como ocurre con el plástico, frente al cartón o la madera. O a envases más pesados y voluminosos, lo que implica un mayor gasto en recursos, tanto en la fabricación como en los desplazamientos. Esto puede apreciarse también de forma clara en el peso y grosor de botellas de vidrio retornable servidas en un bar. Y, como incide la responsable de Sostenibilidad de ITENE, "tampoco hay que olvidar que de la robustez del envase dependerá que no se pierda o se estropee producto en el viaje”.
A mayor resistencia pues, mayor será el gasto de recursos, pero también el de reutilizaciones, un factor clave en estos estudios. Como destaca Hortal, lo peor que puede pasar es que un envase diseñado para cien reutilizaciones se rompa o se extravíe cuando sólo lleva cinco. Esto último puede ocurrir por muy diversos motivos, pero en algunos países, puede darse también por causas muy diferentes a las de su uso normal, como cuando se pone de moda incluir alguna caja de fruta o de botellas de leche como parte del mobiliario de las casas.
Vía El Pías. EcoLab. Clemente Álvarez
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Etiquetas: consumo, vida sostenible
La nueva etiqueta energética
Pocas medidas en Europa han sido tan efectivas para mejorar la eficiencia de los aparatos como la etiqueta energética que acompaña desde 1992 a los electrodomésticos. Tanto que la UE ha ampliado su uso para otros productos (como televisores, ventanas o neumáticos) y ha tenido a la vez que cambiarla para adaptarla a los grandes avances en la reducción de consumo de frigoríficos, lavadoras o lavavajillas. La letra A que marcaba la mejor opción en los años 90 ha sido ampliamente superada por la tecnología en algunos equipos. De hecho, desde este 1 de julio ya no está ni siquiera permitido sacar al mercado frigoríficos o congeladores con una eficiencia inferior a la clase A. En realidad, era ya difícil encontrarlos.
Con la nueva etiqueta energética aprobado de forma reciente por la UE, ahora la máxima categoría en baja consumo para un aparato será A+++ (lo que se pronuncia A plus, plus, plus). Esta es una de las novedades de un sector, el de los electrodomésticos, que se ha convertido en un ejemplo de innovación tecnológica en eficiencia y que investiga ahora también en otros campos interesantes, como la posibilidad de que el propio operador del sistema eléctrico desconecte o reduzca a distancia la potencia de los electrodomésticos de los particulares cuando suba mucho el consumo. Con todo, surgen algunas preguntas: ¿Cuál ha sido la verdadera responsabilidad de la etiqueta en estos avances? ¿Cuánto más se puede aumentar la eficiencia de estos electrodomésticos? ¿Hasta qué punto estas mejoras sirven para reducir el consumo de las familias?
En la nueva etiqueta energética, que los países europeos deberán ir incorporando, se introduce más información y se añade a la escala de letras existente tres categorías más: A+, A++ y A+++. Las dos primeras ya se utilizaban para frigoríficos y congeladores domésticos, pero se incluye una tercera. Además, la idea es que para cada tipo de aparato la etiqueta incluya sólo las siete categorías más eficientes disponibles, adaptándose a su vez los colores (el verde oscuro para la clase más eficiente y el rojo para la que menos). Suena bastante raro tener que recitar tanto “plus” para referirse a un frigorífico, pero ésta ha sido la solución finalmente elegida en la UE tras un largo debate de más de un año en el que se rechazó el reescalado de las letras actuales y otro tipo de clasificaciones en las que se introducían números (cuyo valor iba aumentando según mejoraba el índice de eficiencia).
“Los fabricantes no queríamos un reescalado, hubiera sido una hecatombe que de la noche a la mañana un aparato A+ de última tecnología pasara de pronto a ser de clase B ó C”, incide Alberto Zapatero, director general de la Asociación Nacional de Fabricantes e Importadores de Electrodomésticos de Línea Blanca (Anfel). “Dentro de lo malo, lo que ha salido es lo mejor”, comenta por su parte Evangelina Nucete, técnico de eficiencia energética de la organización ecologista WWF España, que considera que para que el sistema siga siendo efectivo se debían mantener las letras a las que ya está acostumbrado el consumidor.
Aunque todo esto puede volver a cambiar: Esta nueva etiqueta deberá ser revisada en 2014 y tendrá que ser modificada si antes de esa fecha al menos una tercera parte de los productos de cualquier segmento comercial están ya dentro de las categorías A++ y A+++. Esto tampoco sería tan extraño, visto lo ocurrido con algunos electrodomésticos. Como detalla José Ángel Rupérez, responsable de Medio Ambiente de BSH Electrodomésticos España, una de sus lavadoras de 1994 consumía 0,26 kWh y 10 litros de agua por kilo de ropa lavada a 60º, una actual gasta 0,13 kWh y 7 litros. Según explica, estas reducciones son similares en el conjunto de los fabricantes. Así lo refleja también un informe del Joint Research Centre (JRC) de la Comisión Europea, “Electricity Consumption and Efficiency Trends in European Union”, que señala que el 96,7% de las lavadoras vendidas en la UE de los 15 entre los años 2002 y 2007 correspondían ya a la clase A ó A+. “Nosotros tenemos ahora lavadoras que consumen un 30% menos que una clase A y secadoras que gastan un 50% menos que una clase A”, indice Rupérez.
¿Se puede atribuir este significativo avance de los electrodomésticos a la etiqueta energética? Lo cierto es que resulta determinante que el consumidor disponga de información fiable de los productos para poder elegir bien. Sin embargo, el efecto no hubiese sido tan importante sin las ayudas dadas por las administraciones para la compra de equipos más eficientes, con los llamados Plan Renove de electrodomésticos. “Al principio, ni los tenderos sabían interpretar la etiqueta, pero con estos planes Renove ahora se ha tomado más conciencia y resulta un factor cada vez más decisivo en la compra”, incide Zapatero. En esto está también de acuerdo la experta en eficiencia de la organización ecologista WWF, aunque con un matiz. “En España sí han sido claves las ayudas, pero no tanto en el conjunto de Europa”, comenta Nucete. “La etiqueta ha sido un enorme éxito por su sencillez y ha tenido tanto éxito que ha colapsado”.
Sea lo que fuere, lo que está claro es que tener un producto más eficiente se ha convertido en estos sectores en un factor para vender más y esto ha espoleado la innovación tecnológica de las empresas. ¿Cuánto más se puede mejorar estos aparatos? Como destaca el representante de la empresa BSH, hay ya electrodomésticos en los que se piensa que se está tocando techo, pues el margen de mejora resulta cada vez más costoso, aunque también puede producirse un cambio tecnológico que baje de pronto el consumo. “Es lo que ha pasado en iluminación con la aparición de los LED”.
En el caso de BSH, también participa con otras marcas e Iberdrola en el proyecto de investigación GAD (Gestión Activa de la Demanda) para optimizar el consumo eléctrico en los hogares. Aquí no se trata de mejorar la eficiencia del aparato, sino del conjunto del sistema eléctrico para evitar las puntas de mayor consumo (en las que suele ser necesario recurrir a centrales eléctricas más contaminantes). Para ello se trabaja en protocolos de comunicación y dispositivos que permitan apagar a distancia o reducir la potencia de los electrodomésticos por los operadores del sistema en momentos de mayor demanda o en función de distintas tarifas. “Es más complicado de lo que parece, pero en el futuro se va a poder actuar directamente sobre millones de aparatos de nuestras casas”, incide Rupérez.
Antes que eso, todavía se puede investigar cómo reducir más el consumo de estos aparatos y seguir sustituyéndolos por los equipos más antiguos y derrochadores que todavía hay en las casas. “En España sólo un 43% de los hogares tiene lavavajillas, los españoles todavía son reacios a utilizar este electrodoméstico, cuando en realidad consume menos agua y energía que fregando a mano”, destaca Zapatero.
Con todo, la gran pregunta es: ¿Hasta qué punto estas mejoras sirven para reducir el consumo de las familias? El tener un frigorífico de máxima eficiencia puede servir de poco si luego se coloca al lado de un horno o si no se dejan de abrir sus puertas de forma permanente. Como incide Nucete, aunque los electrodomésticos que entran en las casas son cada vez más eficientes, la curva de consumo de energía de los hogares no había dejado de aumentar desde 1990 hasta los últimos años, en los que se han juntado temperaturas más cálidas y la crisis económica. “Hay que invertir en eficiencia, por supuesto, pero también hay que reducir el consumo para evitar el efecto rebote, nuestras casas se están llenando de todo tipo de aparatos”, incide la técnico en eficiencia de WWF. "Entre 1990 y 2008, los usos eléctricos en los hogares han aumentado un 40% mientras que los térmicos lo han hecho en un 13%".
Vía El País. EcoLab. Clemente Álvarez
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Etiquetas: ahorro energía, consumo
¿Tapón de corcho, plástico o metal?
¿Puede un simple tapón cambiar todo un ecosistema? El corcho elaborado con la corteza de los alcornoques (Quercus suber) sigue siendo el sistema preferido para tapar botellas de vino, pero cada vez pierde más cuota de mercado en algunas partes del mundo frente a alternativas como el tapón de rosca de aluminio. El cambio va mucho más allá de la propia cultura del vino, pues el sector corchero y ecologistas advierten desde hace algunos años que puede tener graves implicaciones para las cerca de 2,2 millones de hectáreas de alcornocales del planeta, más de la mitad de ellas en Portugal y España.
¿Tapón de corcho, plástico o rosca de aluminio? Aunque en principio parece claro cuál es la mejor opción desde el punto de vista ambiental, resulta realmente complicado hoy en día encontrar comparativas fiables y datos rigurosos del impacto de estos tres tipos de tapones. Así lo corrobora el director del Instituto Catalán del Corcho, Manel Pretel, que espera contar pronto con un análisis del ciclo de vida (ACV) del sector, realizado por el Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales (ICTA) de la Universidad Autónoma de Barcelona. Con todo, este experto ha recopilado los distintos estudios realizados hasta ahora y ha buscado los valores medios de todos ellos. El corcho sale ganando con claridad. Así, por ejemplo, según estas estimaciones, teniendo en cuenta los análisis más favorables y los más desfavorables, el tapón de plástico supondría una media de unas seis veces más emisiones de CO2 que el corcho y el de rosca de aluminio de unas 15 veces más.
Son varios los motivos por los que han empezado a aparecer estos otros materiales en las botellas. Uno es el precio y los costes asociados al proceso de encorchado. Otro que en Australia o Nueva Zelanda no hay alcornoques. Es en estos países, junto otros como Chile o Argentina, donde crece con más fuerza la competencia al tapón de corcho. Hace unos años, la amenaza era sobre todo el plástico, pero parece que este material va perdiendo clientes y es ahora la rosca de aluminio la que va aumentando su cuota de mercado. Según la Agrupación Sanvicenteña de Empresarios del Corcho (Asecor), aunque el de la corteza de los alcornoque sigue siendo el tapón más utilizado, ya son sólo un 70% de las botellas de vino las que deben abrirse con la ceremoniosa operación del descorchado.
Los detractores del corcho alegan que este material natural puede sufrir a veces alteraciones que modifican el sabor del vino y, a la vez, los más puristas no conciben abrir una botella de calidad de otra forma que no sea con un sacacorchos. Sea como fuera, lo cierto es que estos movimientos en los mercados mundiales están abriendo el camino a la opción con más impacto ambiental. Y, en este caso, las consecuencias pueden ser especialmente graves, pues este pequeño tapón de poco más de cuatro centímetros de corcho está estrechamente vinculado a un ecosistema único y de gran valor restringido al sur de Europa y el norte de África.
Portugal es el principal productor mundial de corcho (con 157.000 toneladas en el año 2007), seguido de España (88.400), Italia (17.000), Argelia (15.000) o Marruecos (11.000). Para obtener la corteza del alcornoque no hay que talar el árbol, sino que se retira del tronco por medio de una complicada técnica denominada “descorche” o “saca”. La particularidad de esta especie es que, si se hace con cuidado respetando los plazos adecuados, al cabo de un tiempo esta gruesa capa con la que se fabrican los tapones se regenerará de forma natural y se podrá volver a quitar. Se trata de una forma sostenible de explotar el bosque, pero que depende en gran medida del valor económico del corcho. “La sostenibilidad económica es lo que hace que estos árboles sean conservados y todo esto se basa en el negocio del tapón”, incide Pretel. “Si el negocio falla, puede estar en riesgo todo el ecosistema”.
Poco tiene que ver esta forma de extracción de materiales con la de los otros tapones sintéticos o de aluminio. Tanto por su muy distinto impacto en el paisaje, como por el gasto de energía y las consiguientes emisiones de CO2. Es más, según el director del Instituto Catalán del Corcho, la retirada de la corteza de estos árboles constituye un factor que mejora la capacidad de estos bosques para absorber CO2. “Si estos bosques son gestionados y se tienen en cuenta criterios de sostenibilidad se captura entre tres y cinco veces más CO2 que si se dejan sin gestionar”, incide Pretel. “La humanización de estos árboles hace que absorban más”.
Hay muy distintos tipos de corcho, con muy distintas calidades. Desde los fabricados de una sola pieza de corteza de alcornoque, a los conglomerados de muchos trozos de corcho. Para la organización ecologista WWF España, que desde hace años defiende el uso de este material, el mejor tapón es el que tiene las siglas FSC, que certifican que procede de un bosque gestionado de forma sostenible. “El corcho ayuda a mantener el interés económico en este ecosistema para que se perpetúe en el tiempo, para evitar incendios forestales y que sean desplazados por otros usos”, asegura Elena Domínguez, de WWF España: “Corcho sí, pero todavía mejor certificado”.
Esta organización ecologista lanzó la semana pasada un proyecto para promover la mejor botella de vino desde el punto de vista ambiental: la unión de la viticultura ecológica y del tapón de corcho certificado con el sello FSC. “Es un producto ambientalmente redondo”, destaca la ecologista, que asegura que el que el tapón lleve las siglas FSC hará que el bosque sea menos vulnerable para enfrentarse al cambio climático.
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Etiquetas: consumo
Radiografía de unos vaqueros
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Etiquetas: consumo
Huerto urbanos en Tokio
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Etiquetas: Alimentos ecológicos, vida sostenible
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martes 27 de julio de 2010
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Etiquetas: Medicina Tradicional China, Mente, Salud
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Etiquetas: Meditación, Mente
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lunes 5 de julio de 2010
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Greenpeace propone un pacto por la energía renovable
En menos de una semana, más de 6.000 personas se han sumado a la petición que Greenpeace lanzó al ministro Sebastián para que no reduzca, sino que aumente, los objetivos de energías renovables en el PANER. (2)
“Un Pacto por la Energía sólo será beneficioso para la ciudadanía si la única “línea roja” que contempla es la sostenibilidad. No podemos admitir más engaños de energías supuestamente baratas que no son capaces de hacer frente a los residuos o al cambio climático que generan”, ha declarado José Luis García Ortega, responsable de la campaña Cambio climático y Energía de Greenpeace España.
Greenpeace pide que el Pacto por la Energía Renovable incluya:
- Fijación de plazos para la eliminación de las energías no renovables. No sólo no se puede dar ni un paso atrás en los únicos casos donde ya existe una fecha de cierre (como en el caso de la nuclear de Garoña), sino que se debe acordar un calendario para el abandono de todas las demás energías sucias.
- Incremento progresivo de la participación de las renovables en el sistema energético hasta el 100% no más tarde de 2050. Un primer escalón sería el objetivo de un 50% de electricidad renovable para 2020.
- Reducción progresiva de la importación de fuentes de energía primaria.
- Señal de precio para la eficiencia. Transparencia en precios y tarifas, que reflejen los costes reales para evitar el engaño que supone “falsear” las tarifas y el déficit que endeuda a los consumidores.
- Permitir el autoconsumo de energía solar fotovoltaica.
- Separación patrimonial completa entre las empresas que poseen las redes de transporte y distribución y las que poseen las centrales de generación.
- Eliminación de subvenciones a todas las energías:
- No más subvenciones al uso de combustibles fósiles.
- Cada empresa que venda energía debe hacerse responsable íntegramente del coste de los residuos generados por la fuente de energía que utilice,durante todo el tiempo en que dichos residuos resulten peligrosos, así como de cubrir completamente el riesgo de daños en caso de accidente.
- Internalización plena de costes ambientales y sociales: gases invernadero, contaminantes atmosféricos, residuos radiactivos y no radiactivos, cobertura del riesgo de accidentes nucleares... Tasa ambiental a todos los productores de energía no renovable, para financiar la transición de las renovables por su curva de aprendizaje y para incentivar la eficiencia en el uso final.
- El criterio “beneficio razonable” debe hacerse extensivo a todas las centrales de generación de electricidad: una vez amortizadas, debe haber un límite de tiempo máximo para poder cobrar el precio del mercado.
- Definición de horizonte temporal para la eliminación de primas al régimen especial, particularizado por tecnología. Cuando una tecnología haya recorrido su curva de aprendizaje no se le deberán dar más apoyos.
Greenpeace reclama el derecho a participar en las discusiones sobre el pacto energético, e invita a discutir su propuesta de Pacto por la Energía Renovable al Gobierno, partidos políticos, empresas y sus asociaciones, organizaciones ecologistas, sindicales y resto de la sociedad civil.
“Necesitamos una política energética clara y estable, basada en criterios transparentes, donde quede claro cuál es la ruta que queremos seguir, que no puede ser otra que la de las energías renovables y la eficiencia energética”, ha añadido García Ortega.
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Etiquetas: alimentación, Mujer, nutrición
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Etiquetas: alimentación, nutrición
